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Desmembrados
¿El rímel en los ojos conservará el color? Ojalá que el brillo de los labios no se apague así las semillas se asoman a la luz. Que sean un farol en la noche de no entender.
Hay que desmembrar, es la única manera de confundir, el engaño viene siempre en paquetes separados, pedazos de humanidad tironeados en pedacitos sin nombre. Algunos no saben otra cosa que romper, romper y romper, destrozar las palabras y destrozar al otro, impotentes de ternura, como los líderes que rompen lo que queda para nada y no sabemos que romperán cuando estén solos.
Cuerpo roto, como el lenguaje cuando huele a podrido en el decir mal.
Desmembrado, porque el único miembro que vale es el del poderoso, sea varón o sea rico, da lo mismo.
Cuerpo desmembrado como las verdades absolutas que no saben nada, como los argumentos, como las ideas que tienen miedo de tocarse y por eso se rompen. Roto, como el borde de la lengua de quienes no pueden pronunciar la ternura porque solo conocen el insulto, pobres de toda pobreza que no saben de la metáfora, no pueden ver las raíces del camalote que marcha debajo del agua ni la anatomía del mandril que no tiene la culpa, como los viejos que conocen el tiempo pero ya es tarde.
Cuerpo fragmentado, como la muerte de hoy y la de ayer, roto como la carita sonriente de catorce, quince o veinte años.
Roto, como una planilla donde los números cierran y otras cosas también cierran.
Desmembrado, en bolsas de consorcio, esas que usamos para guardar cosas de descarte y nos olvidamos de meter ahí nuestras miserias.
El olor del espanto no es cualquier olor, encontrar lo perdido en la superficie de la tierra y debajo de ella, flequillo y aros, un territorio donde escribir el desprecio.
¿Hasta cuándo? Hasta que abramos las manos y con la cara lavada juntemos los pedazos y volvamos a enterar-nos de lo que pasa, a estar enteros, a vestir los desamparos, a amasar el lenguaje.
Que las extremidades bailen en la tierra, que se prendan a las raíces hundidas, a las semillas que saltan, a las hojas que vuelan.
Y aquí arriba nosotros, enteros.
Elegantes pero desnudos
Así dice la presentación de la próxima muestra de pinturas “Sobre la Muerte” de Pierotti y Yujnovsky:
Elegantes pero desnudos.
Mejor dicho imposible, tres palabras y el misterio del arte.
La desnudez permite la elegancia, ilumina lo verdadero, abre ventanas para mirar hacia donde no podemos ir pero así sabremos más sobre lo que hay. Es la incertidumbre, el no saber, la herida que significa ser parte que ansía el todo, eso es lo que nos hace humanos.
¿Qué hacer ante lo inexplicable, frente a eso que sentimos que nos falta? Crear, eso hacemos, creamos para aliviar la herida. Ahí está el arte para morir y renacer.
La experiencia creadora es abrirse al canto, atreverse a escuchar el hechizo, ser silencio, no saber. Desnudos, pero elegantes en el deseo.
Unos pintan, otros escribimos.
Las palabras iban cayendo sobre el papel como si estuviera sacándome la ropa. Escribía e iba desnudándome, se tocaban el papel y mi piel, el abrigo era un verbo y un adjetivo la prenda íntima. Ya desnuda, miré mi vestuario sobre la hoja y me di cuenta que éramos dos desnudos, frente a frente, ambos buscando el sustantivo.
¿Cuál es el límite, la piel o la mirada? Si no es la piel ni la mirada, son los sueños y el límite de los sueños, ¿cuál es?
Armo cada término puliendo, enlazando, rompiendo, vistiéndolo con desnudeces y el lenguaje se me mete por los pliegues de la piel y siento que no hay traición posible.
Siempre el arte para conectarnos con lo profundamente humano, no para explicar algo sino más bien para perturbar, porque es en la pregunta y en la búsqueda donde conocemos y es la metáfora la que nos aproxima a lo indecible.
¿Cómo renunciar a la experiencia del arte sin renunciar a ser nosotros mismos?
Aclaración: El texto en negrita pertenece al monólogo ABRAZO, primer premio de dramaturgia del Frente de Artistas del Borda.
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